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Árbol

Ente vivo que produce oxígeno, capta dióxido de carbono y limpia el aire. En ciudades no solo hace eso, sino que además enfría el clima, da sombra al peatón y es el hábitat de múltiples especies. Prácticas urbanas alineadas con el mercado, sin embargo, entienden el árbol como un estorbo que impide visibilidad, que obstaculiza un puesto de estacionamiento, o que ensucia con hojas caídas. Existe una persistente y mal intencionada acción inmobiliaria que amenaza su existencia; su defensa depende de ciudadanos, activistas y ojalá autoridades públicas.

Un árbol no es una simple máquina de oxígeno. Es mucho más que un proveedor de refugio y alimento.
Es más que una promesa de fuego. Un grupo de árboles es mucho más que un paisaje. Más que una ocupación temporal del suelo en espera de nuestras máquinas. Son símbolo nítido —sin voz— del ciclo de la vida. Más allá de lo meramente reivindicativo, habría que comenzar a ver los árboles, no como simple factor que beneficia a los seres humanos —con oxígeno, alimento, sombra—, sino como elementos constitutivos de un sistema que exige nuestro respeto, incluso en un contexto tan antropocéntrico como la ciudad.