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Dibujar

La fotografía suele ser el instrumento con el que automáticamente documentamos. Pero con el dibujo el registro adquiere una profundidad que no tiene que ver con el trazo de toda la complejidad, sino, justamente, lo que en esa complejidad resalta. El dibujo es un filtro de lo relevante, lo que da carácter a un lugar. Dibujar es aprender a mirar, calibrar las proporciones y medidas que componen una vista. Dibujando nos damos cuenta realmente de lo que estamos contemplando, digerimos primero desde la mirada y luego traducimos lo recibido a la mano, que a su vez busca reproducir lo que el ojo apenas está comenzando a comprender. La concentración y foco que requiere este acto lo emparentan con la meditación y en ese estado de atención entra aceleradamente al cuerpo una enorme dosis de información específica, real, del entorno que se está captando.

Dibujar es descubrir, porque mientras intentamos corregir y equilibrar las relaciones entre elementos, nos saltan a la vista las pequeñeces que nos ayudan a componer el todo (un hueco, una ventana levemente desalineada con la que tiene por debajo o encima, el registro de la profundidad en su coincidencia con un elemento en el primer
plano). Componer todo aquello sobre la hoja de dibujo no permite el azar, sino que activamente intenta guiarse por las relaciones y proporciones desde la vista. Todo esto toma tiempo. Dibujar produce una subordinación obligada al contexto, a internalizar lo que se tiene enfrente. Como acto intelectual y físico, es sin duda la herramienta más potente que tenemos para dar fe de que hemos estado en un lugar, lo hemos observado, lo hemos estudiado con atención y lo hemos dibujado.